Demagogia

Cinismo, eso fue lo que pudimos ver ayer en la entrevista de Jordi Évole a Nicolás Maduro. Por una parte, un periodismo de altura que se enfrenta al cara e´tablismo más rancio dentro del gobierno nacional. Por otra un déspota oculto bajo la dialéctica comunista que busca, entre un cumulo de excusas y pretextos prefabricados, como responder a las preguntas incomodas. Pero sin duda después de dicho especial, hay varias cosas que analizar.

“De aquí se sale esposado” fue la primera respuesta de Nicolás Maduro a Jordi Évole, aunque en tono jocoso a manera de broma. Pero es cierto, entre joda y joda la verdad se asoma, en Venezuela es usual salir esposado, pueden allanar tu casa sin orden de un tribunal, te pueden emboscar en medio de la calle impunemente, buscarte en el trabajo… Así lo han vivido miles de venezolanos durante los últimos años. Quisiera saber qué hubiese pasado si fuese un periodista venezolano el que interpelara de esa manera a Nicolás. Primero ¿se hubiese dejado hacer una entrevista por un periodista de algún medio opositor? Yo sinceramente creo que no. Segundo, quién garantizaría la seguridad de ese periodista, ya vemos que hacer periodismo en nuestro país es un crimen y se paga muy caro, como el caso de Jesús Medina.

La exaltación de la figura de Chávez como mesías salvador. Es innegable que Hugo Rafael dejó una gran huella en la historia venezolana. Para algunos un buen legado, para otros no tanto. “Es el proyecto que dejó el comandante, por eso seguiré votando a Nicolás Maduro” dijo uno de los tertulianos del documental. Déjeme contestarle que, el legado de Chávez, es este desastre. Por una falta de inversión de los ingresos petroleros, una política de continuar con el rentismo que juró acabar. El deterioro apropósito de las instituciones venezolanas, que le permitieran tener mayor control de todo, le recuerdo que su comandante tuvo leyes habilitantes que le permitieron gobernar por decreto durante gran parte de su periodo. Y aun así usted sigue sufriendo para encontrar lo más básico para poder sobrevivir. Ese es el legado de su presidente, una mala inversión sumado a un endeudamiento infinito, un control por decreto de toda la economía y una corrupción que se llevó todo el dinero de las arcas del estado a cuentas privadas en paraísos fiscales.

“Yo no elijo sino voto” Esta frase es la máxima expresión de la democracia en Venezuela. Es cierto en el país hay elecciones, eso es innegable. Pero un ciudadano se ve en la obligación de votarle al régimen actual para poder recibir su bolsa CLAP, porque si no tiene el “Carnet de la patria” no puede acceder a los beneficios que da el Estado. Es decir que, si no estás inscrito en el partido de gobierno y tienes tu carnet, no recibes las transferencias que pagamos todos los venezolanos. Esto ha creado un estado clientelista que controla hasta lo más básico de los ciudadanos.

“Me enseñaste a leer y a escribir y cuando lo hago me llamas escuálido” creo que es una de las mejores frases de todo el reportaje. Porque es así. Una vez que, en cierta medida, las misiones de alfabetización tuvieron algún efecto dentro de la sociedad, a todo aquel que piense diferente al régimen o simplemente que se atreva a criticar cualquier situación, es rebajado a la figura de un escuálido, un enemigo de la patria, un ciudadano de segunda. Si, al parecer, para el gobierno aquel ciudadano que piense de manera crítica es un ciudadano de segunda controlado por la derecha.

La demagogia alcanzó tal nivel en la entrevista, que ningún dato duro de los que Evole le presentaba, parecía tener validez ante los argumentos de Maduro. Todos forman parte de una gran conspiración, Estados Unidos, la Iglesia Católica, la derecha, etc. Nadie parece tener la verdad, ni ser un interlocutor válido, a menos claro que se trate de las cifras oficiales manipuladas por el régimen.

Guerra económica y demás excusas. Es cierto Nicolás, en Venezuela hay una guerra económica. Pero es la que ustedes han impuesto durante 18 años de gobierno. Un endeudamiento masivo durante la bonanza petrolera de los 2000, que lamentablemente hoy nos toca hacer frente a pagos astronómicos que no podemos cumplir. Un ataque permanente a las industrias básicas, fueron ustedes los que, si ya éramos dependientes del petróleo, nos hicieron adictos al oro negro. Ni Washington ni Bruselas hicieron que ustedes se endeudaran de esa manera durante el mejor periodo petrolero de nuestro país. Así que Sr Maduro, no venga con excusas demagógicas para no aceptar que no saben manejar una economía.

Dada la gran deuda que el estado ostenta con los tenedores de bonos soberanos y de PDVSA, necesitan ustedes de la Asamblea Nacional para poder refinanciar la deuda que no pueden pagar. Pero según ustedes ¿dicho parlamento no se encuentra en desacato? Entonces, solo reconoceremos las facultades de la AN cuando a nosotros mejor nos convenga. Esa parece ser la primicia política de país. Y, evidentemente, las fuerzas “opositoras” no tardaran en negociar con usted para que ese refinanciamiento se dé.

“No hay liderazgo político fuerte, hay liderazgo cobarde” Esto es así, indudablemente en Venezuela no existe un liderazgo que nos encamine hacia un cambio en nuestro país, la oposición juega a hacerle frente a una dictadura mientras defienden sus intereses por encima del de los ciudadanos. No hay nadie que esté dispuesto a llevar las riendas reales de la dirigencia política. Y aquel que se ha mostrado más firme en algunas posiciones, es atacado por la opinión pública de manera brutal.

Lamentablemente la entrevista de ayer dejó más dudas que certezas en mi cabeza. Entendiendo el cinismo del gobierno, la situación que viven todos los venezolanos y el panorama económico. No puedo decir que he encontrado una solución a este conflicto. Pero sin duda, sí que me dejó bien marcado mi horizonte, y es que, aunque nos enfrentemos con su cinismo, Venezuela necesita un cambio de dirección lo más rápido posible. Necesitamos entender que venezolanos somos todos y que no existen de primera por tener un carnet o de segunda por no tenerlo.

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Mi generación

Soy de la generación de la capucha, el guante y la máscara, esa que decidió dejarse la vida en el asfalto por la causa de todo un país. Jóvenes que crecimos en la coyuntura política, económica y social de una Venezuela que se cae a pedazos. Somos herederos de algo que ya no queremos, hijos de un pasado que nos ha criado diferente, dueños de un futuro que hemos decidido cambiar. Somos la garza mora que combate el rio, la que nunca renunciará a sus ideales, la que se dejará la piel por una Venezuela libre.

De los que se van, de los que se quedan, los que salieron a las calles o los que ayudaron desde casa. Somos el chamo que vive en la calle porque no tiene donde dormir; el que busca qué comer en la basura; el que cayó en el pavimento entregando la vida por una causa. Pero también somos el estudiante de medicina que ayudó en los primeros auxilios; el emprendedor que sigue invirtiendo en una Venezuela en crisis. Somos la ilusión, el trabajo y la lucha.

La situación nos hizo madurar apresuradamente, llegando a ser una de las juventudes con mayor criterio político del mundo. Empujados a una realidad que nos golpea día a día, donde ser joven se ha convertido en un riesgo y pensar diferente al régimen es un acto criminal. Buscamos una luz que nos sirva de guía, una ilusión que algunos pesimistas llaman imposible. Nosotros nos aferramos a ella, nos negamos a perder la esperanza.

Entregamos en las calles lo que pudimos, nos enfrentamos a nuestros captores, dijimos “ya basta”. Fuimos los escuderos, los paramédicos, los de la retaguardia… Fuimos y seguiremos siendo aquellos que tatuamos la rebeldía en nuestros corazones. Por eso admiro a esta generación, porque no es capaz de darse por vencida, porque sabe que su futuro se le va en ello. Orgulloso de haber luchado codo a codo con esta “Generación 2017”. Pues no importa que tan revuelto esté el rio nosotros seguiremos dando combate.

Ella

file_20170420102229Ella es mi primer amor, mujer de carácter diferente. A veces rubia, otras morena, un poco indiana y africana a la vez. En su sonrisa me inspiro todos los días, un niño que juega en algún potrero del alto Apure, un hombre que vuelve del trabajo en el metro, una mujer que ayuda en la resistencia. Así es ella, diversa y temperamental.

Hoy la veo oscura, un poco triste quizá. Parece no reconocerse en todo este caos, sus hijos al precio de una bala. Parece llorar, se le suben los colores a esos ojos de dulzura y brotan lágrimas, lágrimas de sal que escuecen en la cara. Sus calles parecen cargadas de un ambiente tenso; las barricadas, las sirenas y los murales corroboran este sentimiento.

Tiene hambre, famélica figura la que ostenta, ya no es aquella robusta mujer que todos pretendían. Le robaron aquellos que su amor le juraron, abjuraron de sus principios y se llenaron los bolsillos. Perros, llenaron de regalos a otras y se olvidaron de ella, pero ni la paciencia es eterna, ni el amor es para siempre.

Veo odio, veo división, brotan desde sus poros toda la irracionalidad, quizá porque está herida, quizá porque ya está harta. No quiere más hambre, miseria, inseguridad y corrupción. Quiere un horizonte de libertad, quiere vivir feliz, por eso lucha, para cambiar la realidad que tanto la agobia. Si bien, su piel está mellada por los perdigones, su nariz irritada y su paso cansado, no piensa abandonar la lucha que comenzó hace más de cien días. A veces las lágrimas se le escapan al ver a uno de sus hijos caer en el asfalto, llora desconsolada, pues le roban el futuro.

En su alma hay esperanza, en sus ojos seguridad, nadie le va a volverá a arrebatar su fuerza. Su cielo parece haberse teñido de ilusión, tiene claro su horizonte, ve lumbre dentro de tanta tiniebla. Ella sabe que su vida pende de un hilo, por eso decidió salir de nuevo a la calle, ponerse su casco tricolor y enfrentarse a sus captores. Sabe que el momento es ahora que, si bien, mañana no se acaba su mundo, no puede dejar pasar la oportunidad. Lucha porque nadie sino ella tiene que salir de esta. Su frente en alto, sus zapatos de tenis bien calzados y en el pecho el orgullo de ser venezolana.

La rebelión de la cordura

Un viejo himno resuena en mi mente, un viejo clamor de una vieja guerra, vuelve una y otra vez a mi pensamiento. Una canción que quizá escuché en algún documental, de esos que veo para entender el pasado de mi familia. ¡A las barricadas, a las barricadas, por el triunfo de la confederación! Un llamado a la rebelión popular ante la opresión, un cántico que invita a la sublevación. Los ciclos de la historia nos demuestran que por mucho que la estudiemos, a menudo cometemos los mismos errores que nuestros antepasados. Quizá sea cierto aquel dicho que dice: “Nadie aprende de cabeza ajena”. O también, puede que siempre que el ser humano da prioridad a sus impulsos viscerales antes que la razón, pues tengan los mismos resultados.

Saqueos, crimen y vandalismo es lo que se puede obtener en el momento en que se desvirtúa la lucha pacífica y comienzan los atentados en contra de la propiedad privada y pública. El llamado de unos pocos radicales o infiltrados a las barricadas, no tiene el menor apoyo de la ciudadanía. Existe un rotundo rechazo ante esta barbarie. Sabemos que obstaculizar las vías puede ser una estrategia de lucha, pero cuando no existe una amenaza que se aproxime, pierde toda su esencia, dando paso a la destrucción y el anarquismo.

¿Será eso lo que le interesa al gobierno? Desvirtuar nuestra lucha no violenta que poco a poco ha mellado las bases de la dictadura haciendo que se tambalee el poder que le otorgan las armas.  Estrategia inteligente esa de introducir focos de violencia dentro de los núcleos urbanos, agitadores con consignas opositoras que logran atrapar el sentimiento de ira de algunos radicales, generando un estado de desestabilización violento que nada aporta a nuestra consigna.

La libertad no se puede dejar en manos de los radicales. Ya lo intentaron los franceses en su revolución y media París terminó en la guillotina en manos del incorruptible Robespierre. Si bien la retórica no es suficiente y la acción se vuelve necesaria, si esos actos no son llevados con la razón, se pierde la naturaleza de la protesta y nuestras exigencias pierden la amalgama que las aglutina. En momentos de vicisitudes la cordura parece la mayor de las locuras, pero sin duda es la más sensata de las composturas. Si entregamos las riendas a radicales enfermos por la visceralidad de la ira, perdimos la batalla cuando apenas nos estábamos poniendo las botas.

Si exigimos que la constitución sea respetada y podamos ejercer nuestros derechos reconocidos en la carta magna, pues no podemos ser nosotros los primeros que atenten en contra de los derechos del resto de ciudadanos. Están reconocidos los derechos al libre tránsito, libre expresión, libre pensamiento, etc. Por lo que, si se decide cerrar el paso total de una vía principal para exigir la restitución del hilo constitucional, estamos faltando a nuestra consigna pensando que por un supuesto bien común podemos violar los derechos individuales del resto. Los tiempos que vivimos nos exigen consecuencia en nuestros actos, pues cualquier error que podamos cometer será amplificado y usado en nuestra contra para debilitar nuestra lucha.

A exigir se empieza dando el ejemplo, por lo que debemos tener cautela y preparación en nuestras acciones. No podemos cometer errores pasados que han mellado la legitimidad de nuestra lucha. Continuemos en la búsqueda de la libertad que se aproxima, pero sabiendo discriminar entre los radicales, los infiltrados y los que verdaderamente llevan el estandarte de nuestra contienda. Es importante entender que los derechos individuales no pueden ser violentados para asegurar un supuesto bien común, pues estaríamos cayendo en la misma táctica de la dictadura, creyendo que la masa tiene poderes sobre los individuos, instituyendo nosotros mismos la dictadura de las masas. Mientras la lucha continúe necesitaremos de serenidad y razón para ganar esta disputa desigual, donde ellos tienen las armas y nosotros los ideales. Ya lo dijo Miguel de Cervantes por la boca del Quijote “Cambiar el mundo, amigo Sancho, no es ni utopía ni locura, es justicia”.

A los héroes sin capa

Un proyectil se prepara para ser disparado. Un dedo tiembla al sentir el gatillo en su poder. Una gota de sudor recorre la mejilla de un uniformado. Una mujer queda paralizada ante la avalancha de gente. La vida se reduce a salir corriendo, a huir para salvaguardarte, no es acto de cobardes, es la valentía de querer seguir vivo. Porque la lucha no es cuestión de un momento, no se trata de sacrificio, sino de inteligencia y organización. Pero en todo este asunto, hay personas que se convierten en héroes sin capa y para ellos va este escrito.

No todos los héroes son jóvenes. Una señora de avanzada edad, con un acento diferente. Abre la puerta de su casa a un alud de muchachos, que huyen de las balas de los colectivos armados. Nos ofrece agua, nos pregunta si todos estamos bien. No sabemos dónde están nuestros compañeros. Pero su sonrisa amable nos tranquiliza, las canas de su cabello parecen tener la experiencia que, a nosotros, nos hace falta. Descubrimos que no era la primera vez que hacía una cosa como esta, apenas dos días antes recibió a otro grupo en las mismas condiciones.

Un amigo respira por ti. A veces no sabemos lo afortunados que somos al tener un amigo a nuestro lado, uno de verdad, de esos que ya no se consiguen. Ante una cortina de gas pimienta, muchos quedaron ahogados. Las máscaras son escasas en el grupo. Pero uno de ellos es capaz de sacrificarse y entregarle su máscara a otro para que pueda respirar en el sofoco. El compañerismo se convierte en un acto de valentía y el grupo puede seguir adelante.

Un sol inclemente golpea el asfalto de la autopista, mientras, estudiantes, diputados, gobernadores, políticos y sociedad civil, paralizan una arteria vial ante la negativa del régimen de pasar a nuestro objetivo. El agua se agota y la sed empieza a carraspear en la garganta. En una acción benevolente, un conductor de un camión de botellones de agua, revienta las tapas y deja que los manifestantes llenen sus envases. El compromiso en la causa va más allá de la acción de calle, todos aportan en según su capacidad, pero toda ayuda es necesaria.

Parece mentira que ante tanto caos y anarquía, aún podamos contar con héroes como ellos. Héroes sin capa que dan esperanzas y aumentan el compromiso. Personas cotidianas que, en su accionar, demuestran un verdadero espíritu de cambio. Por eso hoy les doy un agradecimiento a todos aquellos que, de alguna u otra manera, fueron héroes el día de hoy. Por esos hombre y mujeres valientes, por esos venezolanos que queremos ser. Ya lo decía Bertolt Brecht: “Hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay quienes luchan muchos años, y son muy buenos. Pero hay los que luchan toda la vida, esos son los imprescindibles”.

En el 98 de nuevo

Vivo en una Venezuela convulsa, ciudadanos hambrientos buscan comida en las basuras, una mujer intenta suicidarse en el Abra Solar por no tener comida, un viejo amigo se va del país porque lo atracaron recientemente. Vivo en un país en el que tener esperanzas parece una obra surrealista, donde los venezolanos deambulan con la cabeza baja y los pies arrastrados. A veces toca mirar hacia atrás en la historia y así entender lo que vivimos. Yo he hecho esta tarea y me encontré con que Venezuela ha sido una permanente crisis con recesos de bonanza por las rentas petroleras.

Hoy quizá volvimos al bucle de un año 1998, una crisis política incrementada por los descargaefectos de una crisis económica y la carencia de instituciones fuertes, nos devuelven 20 años atrás. La existencia de fuerzas políticas enfrentadas, gobierno y oposición, que parecen bailar al son que toca una orquesta pagada por el chavismo. Y ante este juego, veo con temor el surgimiento de un apego a la antipolítica, nuevamente se empieza a creer que la política es un acto miserable, cosa que en 1998 nos llevó a elegir a un militar, que había efectuado un ataque a nuestra democracia años anteriores, como presidente de la república. Así mismo, el nacimiento de nuevas fuerzas de extremo nacionalismo como “Orden” y el nuevo culto a Pérez Jiménez, uno de los dictadores más férreos de nuestro país, me aseguran que la antipolítica tocó nuestra puerta otra vez. Nuevamente hemos decidido obviar la política y a los políticos. Cosa que es entendible ante las acciones de los que ejercen hoy cargos de elección popular, pero que no es justificable, ya que la historia nos ha demostrado que otorgar los espacios públicos a quienes no está preparados para ello, tiene un grave efecto a largo plazo en nuestro país.

Tenemos quizá una de las juventudes con mayor madurez política del mundo, preparados desde pequeños en un país en el que había que reaccionar. Criados entre elecciones, marchas y violaciones a nuestra constitución, lo que ha creado en todos los jóvenes un profundo interés político. Aun así, muchos son los consejos de quienes te rodean de no participar en estos temas. Por lo que tenemos a una de las juventudes con mayor preparación y fogueo en el ámbito político, pero no queremos que sean ellos los que tomen iniciativas políticas por el continuo rechazo de la sociedad a este tema. El problema es que, más allá de cómo se estén haciendo las cosas actualmente, se tiene que tener una visión amplia al respecto, porque si volvemos a caer en errores pasados y otorgamos el poder a quienes no lo pueden ejercer, pues continuaremos viviendo en un ciclo de crisis.

Así mismo es entendible que la población esté cansada de tanto juego, palabrería y enfrentamiento por parte de los líderes que hoy dirigen la ofensiva en contra de la dictadura. Continuos errores han llevado a una pérdida de confianza de los ciudadanos. Una población que se cansó de marchar ante la falta de acciones contundentes que dieran un sentido a aquellas manifestaciones. Noto con preocupación como, gracias a las acciones de un grupo que de disputa la cabecilla de la dirigencia opositora, aquellos que habían recuperado el ímpetu de lucha, han nuevamente caído en un letargo de aceptación de su cotidianidad. Volvimos a dormir al gigante que habíamos despertado.

Tenemos una realidad que puede ser diferente a la de hace 20 años, el hambre se ha incrementado, la inseguridad es una de las mayores preocupaciones de todos los ciudadanos. Pero sí tenemos una situación institucional y política similar a la de 1998. Venezuela ha cambiado, es cierto. Pero hemos concurrido en errores que nos retornan a esa época, donde preló la antipolítica y le entregamos el país a gente que no era apta para tomar las riendas de la nación. Es por eso que necesitamos preparar un relevo a los actuales dirigentes y tomar conciencia de qué es lo que queremos lograr, sí lo que queremos es seguir jugando el juego de una dictadura que mueve cuidadosamente sus piezas, o nos inventamos un nuevo juego con otras reglas con las que podamos salir de la tiranía. Finalmente es importante recuperar la esperanza y saber que somos nosotros quienes deben solucionar la situación en la que estamos metidos. Porque para que Venezuela viva un futuro de libertad, necesitamos el compromiso de todos.

El hombre nuevo del chavismo

Que triste fue escuchar aquellas palabras, salían de una boca desdentada por el cambio de dientes propio de la infancia. Tendría poco más de 8 años, de piel morena, una camisa roja, sandalias rosadas y unos ojos negros que se exaltaban mientras soltaba todos aquellos improperios. Pobre niña, pobre no porque vaya disfrazada de una ideología, pobre porque su infancia se ha visto inmersa en esta crisis social que vivimos hoy, a esa edad lo propio es jugar en el parque y divertirse, no ir a una concentración política.

Un hombre parecía discutir con aquel grupo de mujeres con el que iba la niña. Él les reclamaba su apoyo al régimen, preguntaba: ¿Ustedes no pasan hambre? ¿Y ahora, qué hacemos con los billetes de 100? Y estas, ante la falta de argumentos para contestar tales preguntas, se limitaron a soltar insultos. Insultos que la niña repetía mientras reía y encontraba la aprobación de su grupo.

Aquella niña me hizo reflexionar sobre la influencia que ha tenido el gobierno sobre la infancia de muchos venezolanos. Y me acordé del hombre nuevo de Marx, que no necesita de un mando para realizar la acciones por el bien común del proletariado. También del superhombre de Nietzsche que, rechazando los valores morales religiosos tradicionales, encuentra los suyos en el fondo de las personas. Pero hoy en Venezuela llegamos al hombre nuevo del socialismo del siglo XXI, ese que hoy se forja en las calles y barrios de Venezuela. Esos niños que hoy, sin darse cuenta, defienden una ideología. Mañana ellos serán la fuerza laboral de un país, una fuerza que será capaz de defender a un régimen sin importar sus acciones, porque esa fue la doctrina inculcada desde su infancia. Un nuevo individuo que no necesitará pensar porque el gobierno le dirá como hacerlo.

Pero el novel invento no se queda ahí. También pudieron crear en cada uno de nosotros un poco de esa obra. Ese hombre que hoy, desesperanzado, está cansado de seguir luchando. Aquel que, viendo ya su vida pasar, delega en los más jóvenes una tarea que nos concierne a todos. El hombre o la mujer, que cansados de politiquerías baratas de ambos bandos, simplemente deja que todo fluya, para bien o para mal. Desean un cambio, si, pero parecen haber renunciado a conseguirlo. Desistieron en la lucha ante las marramucias de un gobierno  y las desilusiones de una oposición. Ese es el hombre nuevo del chavismo, no sólo aquel que por el adoctrinamiento le ayudará a mantener su poder, sino aquel que hoy, siendo victima de un desaliento, se convierte en el cómplice que forja la base de la dictadura.

Ante la inminente creación de una nueva bestia revolucionaria, que condene el futuro de nuestra nación a las ideologías fracasadas de una falsa revolución. Necesitamos que todos y cada uno de nosotros recobre la fuerza para seguir luchado, que encuentre en lo profundo de su corazón aquella ilusión de ver a nuestro país libre. Es por eso que mi deseo de año nuevo es que ningún venezolano deje convertirse en ese “Hombre nuevo del socialismo del siglo XXI” que el régimen quiere que seamos. Luchemos contra nuestra propia desidia y desilusión y encontremos un motivo para seguir creyendo y luchando por nuestra tierra.

No solo son cosas materiales

En menos de una semana, hemos sido víctimas del hampa en dos oportunidades. Digo hemos porque, aunque sean mis hermanos los que, en distintas circunstancias, fueron robados, a todos nos queda el pesar. Después que pasa el susto la frase típica es: “Gracias a Dios a ellos no les pasó nada”, y si “Gracias a Dios a mis hermanos no les pasó nada”. Solo se llevaron un susto y se sintieron atropellados. Ahora no tienen las cosas que les robaron, así como muchas personas no tienen a sus familiares que cayeron en manos de delincuentes. En ellos siempre pienso, y no me imagino lo duro que debe ser.

En cuanto a lo material, como también dicen “eso se recupera”, lo que no se recupera es esa persona que sigue robando y matando en la calle. Porque seguramente la transformación de ese objeto, con el esfuerzo del trabajo, se transforma en drogas y alcohol o quizás en otra pistola con la cual amedrentar. Nunca será la venta para poder pagar la matrícula universitaria o la comida de la casa, ni lo necesario para poder comprar las medicinas de un enfermo. Eso es lo que realmente llena de coraje, que al final sin hacer nada a nadie y tratando de construir un país mejor, el mismo país te pone una zancadilla diaria.  Es así, como nos demuestran el verdadero trabajo que hay que lograr.

Hoy nos toca seguir, porque hacen falta manos para trabajar, ejemplo para demostrar y actitud para sobrevivir en estas circunstancias. Vienen días cada vez más difíciles que nos harán más fuertes. De esta época gris vendrá una Venezuela con la población más preparada para sacarla adelante. Ya la vimos en lo peor y ahora nos toca concretar el futuro que queremos.

Del país que tenemos al que queremos

El país que tengo:

Venezuela es un país convulso, manejada por la anarquía que reina en las calles, donde la inseguridad y la impunidad son el pan diario de cada venezolano. Vivimos bajo la sombra de un régimen dictatorial, que interpone los intereses personales de una camarilla, a los de todos y cada uno de los venezolanos. Las cárceles, cada día, detentan una mayor cantidad de presos políticos, mientras los delincuentes, asesinos y ladrones, campan a sus anchas sin ningún tipo de persecución. El miedo es la estrategia que tiene el régimen para mantener sumisa a una población que, a las siete de la noche se encuentra recluida en su casa, por un toque de queda impuesto por la criminalidad.

Tenemos una sociedad con valores corrompidos por un largo proceso de destrucción moral. Pocos buscan la forma de ayudar a sus convecinos, la mayoría anda en la búsqueda de un chanchullo, una tramoya o algo que le genere mayores beneficios para él, no importa si esto va en contra de las leyes. El venezolano es vivo, y es esa viveza criolla la que provoca que las calles sean la máxima expresión de la anarquía, donde un paso peatonal es irrespetado por todos los conductores, los semáforos se vuelven opcionales y nadie es capaz de ver más allá de sus propios intereses.

Una sociedad degradada a todo nivel, porque no importa el grupo socio-económico del que hablemos, en todos los estratos existen ladrones y corruptos, que dañan al país con cada una de sus acciones. Vivimos en un país en el cual, la gente no entra a los cuerpos de seguridad para proteger a la nación, sino para vivir mejor con los sobornos suministrados por la dictadura para mantener sigilosa y sumisa a la fuerza armada. Los militares saben que la población sufre todos los días para alimentarse, pero mientras, ellos siguen viviendo cómodamente.

La mayor parte de la población ha visto mermada su calidad de vida por las jugadas económicas del régimen. El hambre pica y se extiende, cada día son más las familias que sin mayor opción, rebuscan en la basura para alimentarse. El mercado negro de alimentos se ha convertido en una mafia, donde los primeros mafiosos son los custodios que impuso la dictadura para reguardar la seguridad alimentaria.

Los derechos humanos son algo efímero que, en las cárceles venezolanas, no conocen. En los penales del país reina la ley del más fuerte y controlados por bandas criminales, se convierten en centros de delincuencia y extorsión. Los juzgados son usados con fines políticos en lugar de penales, se castiga con mayor eficiencia a los opositores al régimen, que a los violadores y asesinos.

El país que quiero:

 ¿Entonces qué haces ahí? Preguntará más de uno. Lo cierto es que, pese a todo, Venezuela es un país maravilloso. Mi país es maravilloso cuando un médico que no tiene los recursos necesarios para trabajar, hace lo imposible para atender a ese enfermo. Porque veo a mi madre trabajando todos los días en una zona humilde, garantizándoles su derecho a la salud y preocupándose por la situación de muchos de sus pacientes.

 Me encanta mi país cuando un profesor de la universidad se extiende en una clase magistral, que su sueldo no justifica. Por cada uno de ellos que, en un acto prácticamente de altruismo, busca inocular conocimiento y pensamiento racional  en sus estudiantes. Buscando incentivar a los jóvenes a continuar en la lucha por un país mejor y una sociedad más educada.

Recupero la fe en mis vecinos, cuando pierdes un objeto y esa persona es capaz de buscarte en Facebook para devolverte eso que creías irrecuperable. Porque no importa cuánto delincuente haya allí afuera, mientras exista una persona que sea capaz de hacer eso, no todo está perdido. Te sientes fortificado cuando una persona que acabas de conocer te da las fuerzas y el ánimg_20160901_182208imo de continuar. Cuando la hermandad no depende de la sangre, sino del trato humano.

Venezuela es maravillosa cuando la silueta del Ávila se alza imponente en toda la ciudad, mientras es sol sale, la montaña te da fuerzas para afrontar la realidad. Porque no importa el tráfico que estemos sufriendo, cuando vemos eso, nos embelesa su majestuosa belleza.

Es impresionante cuando vas en una manifestación y una mirada de complicidad con el otro, demuestra que estas cumpliendo con tu deber. Es magnífico escuchar el himno nacional por Soledad Bravo, cosa de la cual hoy tuve el privilegio. Cuando ves que no eres el único que busca un cambio en la forma de hacer las cosas, y te ves reflejado en cada uno de los manifestantes que te acompañan, consigues un poco más de gasolina para lo que queda de camino.

Todos tenemos un ideal de país, queremos vivir tranquilos. Queremos una nación libre y soberana, donde no se nos imponga ninguna ideología desde fuera. Creemos que los derechos reconocidos en nuestra constitución, no debes ser violentados. Necesitamos de instituciones funcionales, que se ocupen de los problemas de los venezolanos. Venezuela necesita libertad, necesita avanzar junta a una misma meta. Porque al final no depende de cuan mal esté el país, sino, qué estás dispuesto a hacer tú para que el país que sueñas se vuelva una realidad.

A un hombre salido de un libro

Él caminaba por las calles de San Sebastian aquella fría mañana de febrero. Iba por los empedrados del casco viejo, como quien camina por su casa. Conocía cada uno de aquellos bares, en todos se había tomado por lo menos un “txikito” de vino con la cuadrilla. Sabía a donde iba, pero no se daba prisa en llegar, disfrutaba del paseo. Con el paraguas en mano, se refugiaba de la llovizna y mirando al suelo sorteaba los charcos.

Mirando a lo alto de aquel edificio, suspiró. Había llegado a uno de sus lugares favoritos en toda la ciudad. Para cualquier otro ser, aquel sitio era una simple biblioteca. Pero para él, era su refugio. Allí pasaba las horas muertas de la mañana, leyendo el periódico o buscando los mejores y más curiosos libros que hubiera en las estanterías. Entró con su silencio característico. Sacudió el paraguas y lo guardó en el paragüero de la entrada. Saludó con gesto amable al encargado de la entrada del edificio. Y se sumergió en aquel, su mundo de ensueño. Cientos de libros habían pasado por sus manos, pero en aquella ocasión no quiso coger ninguno. Aún leía “El evangelio según Jesucristo” de José Saramago, no le había gustado mucho, pero nunca dejaba de leer una sola página de los libros que empezaba. Este se le presentaba pesado, pero a Saramago había que leerlo por lo menos una vez en la vida.

Horas más tarde salía de aquel oasis de cultura. Viendo el reloj se preocupó de no llegar a casa para la comida. Su hermana Miren, siempre lo esperaba a la misma hora, pero tendría que esperar un rato más de lo acostumbrado. Se dirigió a la parada del autobús que lo dejaría en el pueblo. Tuvo que esperar unos minutos. Cuando llegó, el conductor lo reconoció. Siempre con la misma costumbre, se sentaba, abría un libro y no lo cerraba hasta que llegar a la última parada.

Caminaba erguido y con las manos detrás, aguantando alguno de sus libros. Acostumbrado a vestir bien, esta vez llevaba un abrigo grueso, que rellenaba aquella delgadez característica. Apurando el paso caminó por la calle vieja del pueblo, la que le llevaba a casa. En ese pueblo había nacido su padre y la mayoría de su familia. Él y sus hermanos habían jugado por aquellas calles antes de la guerra. Caminó por la plaza de la iglesia, pasó por delante de la peluquería y se detuvo en el portal número 12, abrió con su llave y el crujido de la puerta anunció su llegada. Subió las escaleras hasta el primer piso, abrió la puerta de casa y saludó a Miren.

Sentado en la mesa del comedor, se extasiaba por aquel plato de raya, acompañado de unas vainas con patatas cocidas y un refrito de ajos en aceite de oliva. Las vainas eran su comida favorita, las hubiese comido por el resto de su vida. En cambio, su alimento más odiado era la calabaza, que le recordaba a cuatro trozos en una sopa durante la guerra. Y es que, aunque solo era un niño, tenía muchos recuerdos de aquella época.

No conversaba mucho a la hora de comer, siempre se guardaba sus mejores pensamientos para él. Vivía ensimismado, siempre rumiando alguna idea profunda, algún pasaje de un libro, o simplemente repitiendo alguna estrofa de la opera que habían escuchado la noche anterior en el Victoria Eugenia. Amante de la buena música tenía una excelente colección de discos de vinilo.

Un hombre que no nació el día que su madre lo trajo al mundo. Nació el día que aprendió a leer, ese día en que se enamoró por primera vez de la historia de un libro. Nunca se casó, no le hicieron falta los amores, ¿por qué enamorarse de una, cuando en cada libro tenía a una musa que lo cautivaba en su historia?

A la tarde saldría con sus amigos. Arozena lo esperaría en el mismo sitio de todas las tardes. Es por eso, que luego de la siesta salió de nuevo a San Sebastián. Llegó a la calle Okendo, pasando por el María Cristina y el Victoria Eugenia, caminó aquella larga calle, pasándole por un costado a la Bretxa. Llegando al paseo nuevo, que siempre le había inspirado. Caminando por aquel hermoso paraje, desapareció tras la densa niebla, partió a reunirse con los suyos.

¡Agur Sabin, agur Osaba!